martes, 23 de febrero de 2010

Spellbound (Alfred Hitchcock, 1945)

Tras haber terminado las filmaciones de LIFEBOAT (1943), Alfred Hitchcock volcó su atención a su próximo proyecto. Consciente del deseo de David O. Selznick de realizar un film que hablara de las posibilidades curativas de la psicoterapia, Hitchcock había estado buscando una novela que sirviera para cumplir este objetivo, y cuyos derechos pudiera adquirir sin complicaciones. La idea del director era evitar los tópicos que pudieran resultar controversiales, y por una vez ganarle a Selznick en su propio juego, adquiriendo la opción cinematográfica de una novela adaptable, para luego revenderle los derechos al productor. La novela escogida por el director sería, The House of Dr. Edwardes, la cual había sido escrita por John Leslie Palmer y Hilary Aidan St. George Saunders, bajo el seudónimo de Francis Beeding, y cuyo contenido era un sorprendente relato de brujería, cultos satánicos, psicopatología, asesinato y confusión de identidades, ambientado en un asilo suizo. Selznick se mostró bastante receptivo a la idea de Hitchcock, principalmente por el hecho de que en aquel entonces se encontraba consultando a un psicoterapeuta. Aunque el productor no se comprometió del todo con el proyecto, si se mostró sumamente interesado en que la historia se enfocara en el psicoanálisis. Finalmente, Selznick decidió comprarle los derechos a Hitchcock, quién dicho sea de paso, se encontraba en Londres, y le encargó la producción de la cinta al guionista Ben Hecht. Poco tiempo después, Hitchcock y Hecht comenzarían a trabajar en la confección del guión, para lo cual visitaron el Asilo de Hartford en Connecticut, la cual sería su primera parada en su recorrido por diversos hospitales mentales, antes de parar en los pabellones psiquiátricos del Hospital Bellevue ubicado en Nueva York. La colaboración entre el director y el guionista resultó ser bastante fructífera, especialmente por el hecho de la fascinación que ambos hombres poseían por los rincones más oscuros de la mente humana. Mientras que Hecht se preocupaba de ir hilvanando una trama coherente, Hitchcock aportaba con los giros argumentales que se apoyaban en aquellos hechos cotidianos que podían convertirse en pequeños traumas. El guión terminado, que inicialmente tenía tan solo un leve elemento romántico el que posteriormente sería aumentado por Selznick, contenía una buena parte de las pesadillas y traumas del director. Existe un sensación de latente culpabilidad que cruza toda la cinta, junto con una sensación de legado de las neurosis familiares, lo que no es más que una huella deciertos
recuerdos infantiles que de adulto permanecieron escondidos bajo una avalancha de temerosa represión. Las dos historias de culpabilidad que aparecen en el film, exhiben en cierta medida los propios sentimientos del director; primero está el hombre que cree que fue el responsable de la muerte de su padre; el personaje interpretado por Gregory Peck por su parte, también esconde un sentimiento de culpabilidad que será revelado en el último tramo de la historia. Es la explicación que da el personaje de Bergman; “La gente se cree a menudo culpable de algo que nunca hizo. Normalmente es algo que se remonta a su infancia. El niño desea a menudo que le ocurra algo terrible a alguien, y si realmente le ocurre algo a esa persona, el niño cree que él ha sido la causa. Y crece con un complejo de culpa sobre un pecado que ha sido solamente un mal sueño infantil”, la que refleja la mezcla de resentimiento y culpabilidad que caracterizó la relación de Hitchcock con su padre.

En este sentido resultan claves las palabras que el personaje de Gregory Peck menciona cuando tiene el ataque de pánico en el quirófano, “¡Abrid las cerraduras de las puertas! ¡No pueden mantener a la gente en celdas!, palabras que hacen alusión al recuerdo de la infancia de Hitchcock de ser encerrado por su padre en la celda de una prisión. La filmografía del director se fue convirtiéndo en una especie de autobiografía basada en sus experiencias que terminaban transformándose en tortuosas fantasías guiadas por la culpabilidad. Como bien menciona el viejo analista y mentor de Constance, interpretado por Michael Chekhov, “Es muy triste amar y perder a alguien. Pero al cabo de un tiempo olvidarás. Volverás a tomar los hilos de tu vida allá donde los dejaste no hace mucho. Y trabajarás duro. Hay mucha felicidad en el trabajar duro. Quizá la mayor parte de la felicidad”. Tras las experiencias que vivió el director, llegó a la conclusión que esta afirmación era cierta.

Pese a todo esto, la escena clave en lo que al psicoanálisis se refiere, sería la famosa secuencia del sueño del personaje de Peck. Hitchcock y Hecht se las arreglaron para convencer a Selznick que contratara a Salvador Dalí para que realizara una serie de pinturas cuyas imágenes serían utilizadas para retratar el aproblemado inconsciente del protagonista. Aunque Selznick pensó que Hitchcock le pedía esto para obtener algo de publicidad extra, la verdad es que el director quería presentar secuencias oníricas que resultaran vívidas, lo que iba a resultar más fácil gracias a la gran ejecución gráfica del pintor. Pero las extrañas ideas surrealistas de Dalí, algunas de las cuales derivaban de UN CHIEN ANDALOU (1929) y L'ÂGE D'OR (1930), los films que había diseñado en París con Luis Buñuel, llegaron a extremos desmesurados, e incluso Hitchcock tuvo que reconocer que Selznick tenía razón: la secuencia del sueño tal y como fue diseñada y filmada en un principio resultaba demasiado larga e incomprensible (la secuencia originalmente duraba 20 minutos y quedó reducida a no más de dos minutos). Dicha secuencia fue dirigida por William Cameron Menzies, ya que Hitchcock se encontraba en Londres en ese momento, pero su nombre no aparece en los créditos.

El grupo de actores que trabaja en este film realiza un estupendo trabajo, las actuaciones son impecables y totalmente creíbles, aunque en un principio Selznick pretendía contar con Joseph Cotten, Dorothy McGuire y Paul Lukas como sus protagonistas. La película obtuvo seis nominaciones al Oscar, entre las que se encuentran la de mejor actor secundario (Michael Chekhov), mejor fotografía (George Barnes), y mejor director, de las cuales ganó uno a la mejor banda sonora, obra de Miklós Rózsa. El compositor se encargaría de introducir un instrumento musical electrónico conocido como theremin, el cual luego sería ligado a todo tipo de desórdenes psicológicos y mucho más tarde, pasaría a formar parte de las clásicas bandas sonoras de las cintas de ciencia ficción.

Más allá de todo el énfasis e interés que se le da al psicoanálisis, a fin de cuentas poco termina importando. Toda la parafernaria psicológica termina siendo convirtiéndose en el instrumento utilizado para resolver el misterio que envuelve la trama, en otras palabras no es más que el famoso MacGuffin. Según el mismo Hitchcock, SPELLBOUND es “otra historia de persecución envuelta en una trama que involucra un seudo-psicoanálisis”. De todas formas, la cinta marca uno de los puntos más altos de la carrera del director. Además de la estupenda e inolvidable secuencia onírica, el film está plagado de un buen número de maravillosos efectos visuales, una trama interesante y bien construida, sólidas actuaciones, un acercamiento más directo al universo freudiano, y una banda sonora que resulta ser una pieza importante del ensamblaje formado por el director. La película resultó ser un éxito, y hoy es vista como una de las mejores obras del brillante director británico.

4 comentarios:

tetofernandez.com dijo...

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Anónimo dijo...

Vuelve porfavor!

David C. dijo...

wow quiero verla. parece buenisima. gracias por la recomendación.

David C. dijo...

Es una tremenda joya que me doy cuenta que por acá en Perú no se transmite. A mi me fascino y mira que yo te comente en marzo del 2011 que queria verla. Pues unas semanas después lo hice y quede encantado.